¿Quiénes son los Sustain Souls?

Son los personajes protagonistas de la trilogía, y en el primer volumen, "Todas las canciones de rock", tienen entre 11 y 17 años. Acompañando a las ilustraciones de Víctor Algaba, os presentamos ciertos momentos representativos de cada uno de ellos.

 

A PROPÓSITO DE SAÚL: 

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"El muchacho sacó unas monedas de su bolsillo y las dejó sobre la barra. Esperaron pacientemente hasta que los batidos estuvieron hechos. Luego los llevaron a la terraza y allí se sentaron a una mesa.

Cristina cerró los ojos y alzó su rostro hacia el sol. Corría todavía una suave y temprana brisa que les acariciaba la piel y revolvía el cabello. Luego abrió los ojos y observó a Saúl mirando hacia la sierra, con la mirada perdida y actitud despreocupada. Se preguntó qué diablos sentía por él y por qué misterioso motivo era incapaz de mostrarse irritada durante demasiado tiempo cuando hacía algo que le molestaba. Aquello no tenía comparación con lo que sentía por Alexander, pero la verdad era que Saúl transmitía un encanto imposible de ignorar. Claro que eso no significaba que existiera entre ambos ningún tipo de conexión especial. En realidad sabía muy poco de él porque jamás habían hablado de nada realmente importante. Con Alexander las conversaciones fluían de un modo sencillo y natural; por el contrario, intentar hablar con Saúl de algo serio y profundo resultaba imposible.
El chico se volvió hacia ella y advirtió su actitud reflexiva.
—¿En qué piensas?
Ella desvió la mirada rápidamente.
—En nada.
—Venga ya, Cris, me estabas espiando… Admirabas mi preciosa carita, ¿eh?
—Mira que eres creído.
—Venga, Janis, dime en qué piensas.
La chica dudó.
—Saúl…, nunca me cuentas nada.
El rubio enarcó una ceja y sonrió divertido.
—¿Qué quieres que te cuente?
—No sé… Nunca hablamos de nada. Podríamos hablar de algo.
—¿Cómo por ejemplo?
—Pues no lo sé.
—Bueno, vale, pregúntame algo y yo te respondo.
—Bueno —Cristina desvió la mirada. Tenía una pregunta en la punta de la lengua, pero sentía que podría hacer enfadar al muchacho.
—Venga, pregunta —apremió él con una sonrisa divertida.
—Quizá te molestes.
Él hizo un gesto de burla.
—Sobreviviré.
La chica se mordió el labio.
—Venga, Janis, que me duermo.
Ella levantó la mirada lentamente y lo atravesó con sus ojos castaños.
—¿Echas de menos a tu padre?
La sonrisa se borró inmediatamente del rostro de Saúl.
—¿Qué…?
—Nada, nada, olvídalo, es igual.
—¿Por qué me preguntas eso? —Había una irritación contenida en su tono de voz.
Cristina se encogió de hombros.
—No lo sé. Lo siento.
Saúl suspiró malhumorado y luego miró de nuevo a la chica.
—Vaya topicazo de pregunta, tía. Pues no, no le echo de menos.
Hubo un tenso silencio, durante el cual Cristina se limitó a mirar la mesa de plástico mientras Saúl la observaba pensativo.
—Mira… —Su voz sonó inesperadamente atenta—. No me cae bien. No hacía bien de padre ni de marido, tampoco tuvo grandes ideas para los negocios… Eso seguro que ya te lo han contado.
Cristina lo miró a los ojos y lo descubrió extremadamente calmado y paciente.
—No quería fastidiarte.
—Tranquila, no lo has hecho. —Sonrió divertido y le guiñó un ojo.
Cristina le devolvió la sonrisa.
—¿Y qué vas a hacer cuando vuelva?
—Él no va a volver.
—Algún día saldrá de la cárcel.
—No importa, Cris. Él no va a volver. Por su propio bien, más le vale que ni se le ocurra intentarlo.
—¿Y a dónde va a ir entonces?
Saúl se encogió de hombros.
—Ni lo sé ni me importa. Quizá podría mudarse a la antigua casa de mis abuelos. Está en un pueblo de Segovia. Nosotros nunca vamos allí, no nos molestaría. Bueno, a mi madre le molestaría bastante, ahora que lo pienso, a fin de cuentas esa casa es suya. En fin, ¿a quién le importa mi padre y lo que haga con su vida? —Después sacó su paquete de Marlboro y se encendió un cigarro. Observó a la chica, que había vuelto a fijar su mirada en la mesa.
—¿Y ahora qué?
Ella tardó en mirarlo. Cuando lo hizo, había en sus ojos una expresión de profunda ternura y admiración.
—Pienso que eres muy fuerte.
La contempló sorprendido y luego esbozó una pícara sonrisa.
—Cuidado, Janis, no tientes al destino con palabras bonitas.
Cristina se ruborizó divertida, pero luego bajó la mirada y suspiró.
—Mi abuela me va a matar.
—Pero no es como si este examen fuera para nota, no pasa nada por suspenderlo.
—¿Ah, no? ¿Entonces por qué intentabas copiarme?
Saúl hizo una mueca de lástima.
—Para evitar que mi vieja se disguste.
—No llames así a tu madre.
—Ella sabe que lo hago con cariño.
—Si no querías que se disgustase, podrías haber estudiado.
—Yo no sirvo para estudiar.
—¿Cómo lo sabes? A lo mejor solo piensas eso porque no te esfuerzas lo suficiente.
El muchacho ladeó la cabeza e hizo un gesto de agotamiento, como si hubiera vivido aquella conversación más de una docena de veces.
—No se trata de intentarlo o no, es que no quiero estudiar. —La traspasó con una mirada de absoluta convicción—. No quiero estudiar porque no me gusta.
—¿Y qué vas a hacer cuándo termines el instituto?
Él volvió a sonreír divertido.
—Cualquier cosa menos ser otro ladrillo en la pared.
—No te entiendo.
De pronto la expresión del chico cambió. Se inclinó sobre la mesa y le dirigió una mirada de consternación.
—Cris… Yo no quiero que me impongan quién he de ser y cómo he de vivir. Yo no quiero hacer lo que la sociedad me ordena simplemente porque es lo que se debe hacer y lo que todo el mundo hace. A veces pienso en el modelo de vida que estamos obligados a seguir y siento que no puedo respirar, siento como si me ahogase. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
—No.
Saúl apagó el cigarro en el cenicero.
—Piensa despacio. ¿Cuántas cosas de las que haces al cabo del año son de tu propia elección?
—No sé a qué te refieres.
—Claro que lo sabes, pero te fastidia darte cuenta. Piensa, Cris, piensa por ti misma. Hemos nacido en un mundo que nos dice lo que es correcto y lo que no y a qué tipo de cosas debes aspirar cuando seas adulta, y tú creces asumiendo que ese sistema de creencias es objetivo y real, o sea, incuestionable.
—¿De qué estás hablando? Yo sé por mí misma lo que es bueno y lo que no, lo que está bien y lo que no.
—Ya, tú sabes que perdonar está bien y guardar rencor está mal, por eso perdonas. Pero no te estoy hablando de valores éticos, te estoy hablando de nuestro sistema de vida. ¿Has sido tú quien ha decidido pasar tus veinticinco primeros años de vida en centros donde, básicamente, escuchas sin poder hablar, copias y escribes sin poder levantarte y memorizas sin apenas cuestionar, para olvidarlo todo cuando llega el verano? ¿Lo has decidido tú o alguien lo ha decidido por ti?
Cristina se mordió el labio.
—¿Quién ha decidido que después de eso debas trabajar durante cuarenta horas a la semana ganando dinero para otra persona, mientras envejeces y vives agobiada por pagar las facturas de tu piso? ¿Lo has decidido tú?
—Yo voy a tener un chalet con piscina.
Saúl soltó una carcajada e hizo un gesto con la cabeza, como si el motivo de su risa no viniera a cuento en ese momento.
—¿Quién ha decidido que debas casarte y tener hijos, envejecer junto a la misma persona, aunque llegues a un punto en que ya ni la aguantes, soñando con tus veinte días de vacaciones al año mientras tu existencia se consume en la monotonía? ¿Vas a tomar tú esas decisiones, Cris? ¿O ya fueron tomadas por ti antes incluso de que tú nacieras? Porque… honestamente, ¿es eso lo que quieres?
—¿Pero qué podríamos hacer si no…?
La mirada de Saúl brilló entusiasmada.
—Exacto, Cris, ¿qué quieres hacer tú con tu vida? ¡Eres libre! Ese es el desafío de vivir aquí y ahora.
Ella notó cómo su corazón se aceleraba.
—Yo quiero ser cantante de rock.
Saúl la observó fijamente y sintió el terrible impulso de besarla con todas sus ganas. El rubor asomó a las mejillas de la chica, la cual bajó la mirada tímidamente, y Saúl se contuvo. Sabía que todavía no había llegado el momento."

 

A PROPÓSITO DE CRISTINA:

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"La plaza lucía con la típica alegría de una mañana de verano, el sol brillaba sobre la torre del reloj donde las cigüeñas anidaban desde los primeros días de la primavera y, por primera vez en varias semanas, bajaba de la sierra un templado oreo cuyo consuelo frente al árido calor del llano despertaba sonrisas y animadas conversaciones.
Había improvisados puestos de venta, no solo en la plaza principal, sino también extendidos por la calle Real hasta llegar a la antigua plaza del Pocillo. La mayoría de los vendedores eran gitanos y todos ellos coreaban al viento los precios de sus ventas: frutas, verduras y hortalizas, cerámica talaverana, ropa veraniega, zapatos y sandalias, discos de música y libros de segunda mano, bisutería y complementos, colonias, jabones, manteles, toallas y mandiles.
Un camión cruzó la plaza y subió la calle que rodeaba la iglesia, pregonando por su pequeño altavoz la venta de sandías de Velada, al tiempo que una pequeña furgoneta subía la calle Real y se detenía a un lado de la plaza para vender su pan recién hecho, bollos y pistolas.
Los vistaclareses caminaban entre aquel barullo de gritos y compraventas, se preguntaban por su salud y la de sus allegados, y comentaban el tiempo y el precio de todo lo que abarcaba su vista.
Extasiada por el colorido de aquella mañana de verano, Cristina corría impaciente de un puesto a otro, mientras doña Elisa se detenía a charlar con toda persona que se cruzara en su camino. A Cristina no dejaba de asombrarle el hecho de que su abuela conociera los nombres y la vida de todos los lugareños de Vistaclara.
—¡Abuela! —Se acercó corriendo a la mujer, que en aquel momento conversaba animadamente con el vendedor de verduras—. ¡Abuela, he visto dos camisetas preciosas! ¡Están en ese puesto!
—Mira, Cristina. —Le tendió un tomate—. Huélelo, ¿no es increíble?
—Sí, abuela, sí, huele muy bien. Mira, las camisetas que me gustan están en ese puesto, aunque hay una tercera…
—¡Elisa!
Una mujer de unos sesenta y cinco años sorprendió a ambas a sus espaldas.
—No puedo creerlo. ¡Eres tú!
Doña Elisa la contempló radiante.
—¡Juana! ¡Creía que no vendrías hasta agosto!
Se abrazaron efusivamente y doña Elisa comenzó una nueva y emocionada conversación. Luego doña Juana besó a Cristina en las mejillas y reiteró, con asombro y admiración, la belleza de su rostro y la velocidad a la que había crecido desde la última vez que la viera. La adolescente se dejó agasajar con una sonrisa en los labios, pues su abuela le había hablado muchas veces de doña Juana y de la profunda amistad que las unía desde los catorce años.
Pero la conversación prometía prolongarse largo rato y Cristina no podía controlar su impaciencia, de modo que tras una despedida fugaz, se alejó alegremente por la calle Real en busca de sus adquisiciones. Encontró, admirada, que había siempre algo atractivo o interesante en cada puesto, calculó las posibilidades del presupuesto que llevaba en su bolsito de tela y decidió que, aprovechando la distracción de su abuela, ella misma se responsabilizaría de comprar su nuevo vestuario. De modo que comenzó preguntando por un anillo de rodio con un pequeño cuarzo rosa encima. Se lo probó, lo admiró largamente, se lo quitó y volvió a probárselo. No era demasiado caro, pero había visto cómo funcionaba aquello del regateo, de modo que decidió probar sus cualidades para los negocios.
—Podrías rebajármelo un poco.
El gitanillo, que seguramente no tenía más años que ella, sonrió y negó con la cabeza. Cristina lo miró escéptica. Aquel vendedor era el primero en negarse a regatear. Se preguntó cuál sería el motivo. Volvió a admirar el anillo y le dirigió una mirada suplicante.
—Oye…, déjamelo más barato. Anda, por favor…
El gitanillo negó rotundamente con la cabeza.
Cristina suspiró frustrada. Aquello del regateo era un arte muy difícil y el anillo era demasiado bonito.
—Bueno, pues vale. Me lo llevo.
El muchacho dibujó una amplia sonrisa que mostró dos graciosos hoyuelos y un diente mellado.
—Ya lo sabía.
Cristina pagó y se llevó el anillo puesto en el dedo anular. Decidió que no volvería a intentar regatear, porque le daba una vergüenza horrible y encima parecía ser que aquellos vendedores no la tomaban en serio. Pero en realidad, si hubiera tenido un mínimo de picardía, habría entendido que era su corazón simple y transparente lo que delataba sin dilaciones su genuina intención de comprar a cualquier precio.
Después de hacerse con el anillo continuó caminando calle abajo y, en poco más de diez minutos, compró unos pendientes plateados de aro, un pintauñas rosa chicle, un espejito para llevar en el bolso, unas botas John Smith de lona negra, una camiseta negra, más bonita incluso que las que había visto previamente en la plaza, una blusa de cuadros rosas que se anudaba a la altura del ombligo, una camiseta de tirantes color verde oscuro con bordados en el escote y, como ya estaba empezando a sentir hambre, compró también una bolsa de aceitunas, pepinillos y cebolletas blancas.
Llegó felizmente a la plaza del Pocillo y descubrió una docena de nuevos puestos por explorar. Sin embargo, su alegría se vio mermada cuando comprobó con notable angustia la rápida e inexplicable reducción de su presupuesto. Se preguntó asombrada cómo había sido posible, teniendo en cuenta que apenas había comenzado con la renovación de su vestuario y que su abuela le había dado una generosa cantidad para gastar. «Alguien debe haberme robado o lo he perdido». Se dirigió al centro de la plaza y apoyó las bolsas de sus compras sobre el pozo cubierto. Comenzó entonces una exploración exhaustiva de todos los recovecos de su bolso de tela, en busca de posibles agujeros.
En esas estaba cuando vio aparecer a su abuela por la calle Real. La vio relajar el rostro cuando la distinguió en medio de la plaza y luego volver a tensarlo cuando reparó en las cuatro bolsas colocadas sobre el pozo. Entonces decidió mostrar la mejor de sus sonrisas.
—Abu, ¿quieres una cebolleta?
—¡Dios santo! Solo me he descuidado un momento y… ¿qué es todo esto?
—Mi ropa nueva.
Doña Elisa comenzó a sacar las camisetas de las bolsas. Contempló la camisa de cuadros rosas y miró a su nieta.
—Esta te queda pequeña.
—Que no, abuela, que es así.
—¿Cómo va a ser así?
—Que se lleva así.
—¡Pero esto es de fulana!
—¡Abuela!
—¡No vas a ponerte esto!
—¡Sí me lo voy a poner!
—¿Y esta otra de color verde? —Contempló los bordados en el escote—. Esto no es apropiado para tu edad.
—Abuela, eres una arcaica.
—¿Desde cuándo quieres vestir así?
Cristina suspiró enervada y perdió su mirada en los puestos de la plaza. Fue entonces cuando distinguió entre el gentío a la chica rubia de la pandilla de Saúl y Alexander. Su corazón se alteró instantáneamente ante la posibilidad de encontrar también a Saúl por allí, pero enseguida comprobó decepcionada que solo iba acompañada por otra chica mayor que ella, rubia también. Sus facciones resultaban tan similares que no dudó en comprender que se trataba de su hermana mayor. Estaban ojeando uno de los puestos con visible interés. A continuación, la hermana mayor tomó unos shorts deshilachados de color azul claro y preguntó algo al vendedor. Cristina creyó morir, realmente necesitaba unos pantalones como aquellos. ¿Cómo no los habría visto antes? Dejó a su abuela con la palabra en la boca y, casi en estado de trance, recorrió a zancadas la distancia que la separaba del puesto.
Se situó junto a las chicas y esperó pacientemente. La mayor dejó los pantalones sobre el tenderete.
—Molan, pero ya tenemos una docena como estos.
—Sí… —La pequeña hizo una pompa con el chicle y paseó sus ojos azules buscando alguna nueva prenda que llamase su atención. No pareció descubrir nada interesante, porque tanto ella como su hermana pasaron al reconocimiento del puesto contiguo.
Cristina tomó los pantalones y los mostró con el brazo en alto.
—¿Cuánto cuestan, señor?
Doña Elisa resultó ser más rápida que el propio vendedor. Arrebató los pantalones a su nieta y la miró severamente.
—¿Es que te has propuesto disfrazarte de prostituta?
Las hermanas se volvieron hacia ellas y, con expresiones de auténtico asombro, estallaron en ruidosas carcajadas. Cristina no fue capaz de mirarlas. Sintió la sangre golpeando sus mejillas y un profundo sentimiento de ridículo se apoderó de ella.
—Abuela… ¡Cállate!
Doña Elisa la contempló boquiabierta. Cristina jamás le replicaba de semejantes maneras y mucho menos en público. Levantó la palma de su mano derecha con la intención de lanzarle una bofetada, pero reparó en la presencia de las dos adolescentes y se contuvo. Respiró hondo. Dejó el pantalón sobre la mesa y dijo en un tono que no daba lugar a objeciones:
—Hemos terminado por hoy.
Regresaron a casa en un rotundo silencio."

 

A PROPÓSITO DE ALEXANDER:

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"Cristina estaba observando en silencio a Beni Mariposas cuando un desconocido se apoyó en la barra, entre sus amigas y ella.
—¿Y tú quién eres?
Lo miró sorprendida. Era alto y fuerte, de pelo castaño y ojos marrones. Vestía una camisa azul y vaqueros largos. No pudo evitar sonreír. Le agradaba su aspecto y seguramente tenía cuatro o cinco años más que ella. Eso resultaba halagador.
—Me llamo Cris.
—Cris, yo soy Miguel. —La besó en ambas mejillas y sacó un paquete de Camel del bolsillo de sus vaqueros. 
—¿Fumas?
Cristina dudó. 
—Sí.
Miguel le dio un cigarro y le ofreció el mechero encendido.
—¿Por qué nunca te he visto por aquí?
—No vengo mucho.
—Qué lástima. ¿Con quién estás?
—Con ellas.
Miguel se giró y vio a Claudia y a Leo a su otro lado, las cuales miraban a Cristina entre incontroladas carcajadas.
—¿Con estas?
—Sí.
—Pero... ¿cuántos años tienes?
—Dieciséis. —Oyó la respuesta en voz alta y se preguntó asombrada cómo había salido aquella mentira de su boca.
—Es una lástima que seas tan pequeña —se inclinó hacia ella y Cristina advirtió que apestaba a alcohol—. Porque creo que eres la chica más guapa de toda la discoteca.
Y al decir aquellas palabras se inclinó exageradamente sobre ella, hasta que sus bocas quedaron a escasos centímetros una de la otra, al tiempo que deslizaba la mano por su cintura.
Cristina trató de sonreír, pero aquello ya no resultaba divertido. Le olía demasiado mal el aliento y no quería que la tocara.
—Vale, gracias, adiós. —Trató de rodearlo y de acercarse a sus amigas—. Vámonos de aquí —imploró en voz baja.
Claudia soltó una carcajada.
—No seas simpática si no te gusta.
—Vámonos.
De pronto Cristina sintió cómo una mano rodeaba su cintura otra vez. Se giró sobresaltada y encontró la cara de Miguel a medio metro de la suya. 
—¿No me presentas a tus amigas?
Cristina le apartó la mano.
—Nos vamos a bailar.
—Te invito primero. ¿Qué quieres?
—¡Aquí están mis chicas! —Alexander, que había aparecido como por arte de magia, tomó a Claudia y a Leo por los hombros y le hizo un gesto a Cristina para que lo siguiera —. ¿Dónde estabais? ¡Os he estado buscando por todas partes!
Cristina ya se disponía a seguirlos cuando Miguel la tomó suavemente del brazo.
—No he querido molestarte.
—Vale, da igual. —Trató de deshacerse de él.
—Solo quería invitarte a tomar algo.
—Gracias, pero no quiero nada.
—Oye, ¿estás enfadada conmigo?
Cristina suspiró y vio a Alexander observándola desde la pista de baile.
—No.
—Pero ya no me sonríes.
Sin saber qué decir, bajó la mirada.
—¿Me regalas una última sonrisa?
Alexander se acercó de nuevo.
—Lo siento, tío, pero esta también es para mí. —Tomó a Cristina de la cintura y se la llevó en silencio. Cuando se perdieron entre el tumulto, ella suspiró aliviada.
—Tienes que ser un poco más borde, ¿vale?
—Es que al principio era amable.
—Claro, Cris, al principio todos somos amables.
—Me pareció guapo.
Alexander se detuvo en medio de la pista y la miró divertido.
—¿Beee te pareció guapo?
—No se llama Be, se llama Miguel.
—Se llama Beee desde hace seis meses.
—¿Por qué?
—El invierno pasado… ¿Cómo puedo decirte esto…? El invierno pasado se fornicó a una oveja.
Cristina visualizó la escena en su mente. A continuación dirigió a Alexander una mirada de espanto.
—¿¡Qué!?
—Y lo grabó todo con una cámara de video.
Cristina se llevó las manos a los oídos y cerró los ojos.
—¡Cállate, Álex! ¡Saca eso de mi cabeza! ¡Quiero sacar eso de mi cabeza!
Alexander se encendió un cigarro.
—Sí… —dijo con la mirada perdida y cierta dosis de fanfarronería—. Yo también quise, pero me fue imposible. Si hubieras visto el maldito video.
—¡Cállate, Álex! ¡Cállate!
Alexander rompió a reír. Comenzó a sonar de pronto una canción de rock. Al chico se le iluminaron los ojos.
—¡Por fin! ¡Es «Crimson and clover»! Parece que esta canción nos persigue, ¿eh? ¡Vamos a bailar, Cris!
Cristina acababa de divisar a Saúl y a las chicas cuando Alexander la tomó de nuevo de la cintura y la atrajo hacia sí.
—Álex…
—Déjate llevar, Catsi.
Comenzaron un suave balanceo.
—No suena como en mi habitación.
—No, esta versión es de Joan Jett and the Blackhearts.
Cristina desvió la mirada en silencio.
—Conoces a Joan Jett, ¿verdad?
—Pues claro… —Lo miró tímidamente a los ojos y lo vio contemplarla con un destello de diversión en la mirada.
—¿Te gustaría ser una rockera como ella?
Cristina afirmó con la cabeza.
—Me gusta mucho esta canción.
La sonrisa de Alexander se hizo más grande.
—A mí también.
—Álex, ¿qué le pasó a la oveja?
—¿Qué? ¡No te oigo!
—¿Qué le pasó a la oveja?
—¿A la oveja? —Alexander rio divertido—. Que se enamoró de Beee y tuvo muchos Miguelitos.
—¡No digas idioteces! ¿Qué le pasó de verdad?
—No lo sé, Catsi. Qué preguntas me haces… Supongo que la oveja está bien.
—¿Estás seguro?
—¿Cómo voy a estarlo? Yo no he ido a visitarla, a mí no me van esas cosas. —Y soltó otra carcajada.
—No te burles. ¡Quizás está muerta!
—Ninguna oveja muere de eso. A no ser que se trate de una violación multitudinaria, claro… Pero no creo que esté muerta.
—¿Cómo lo sabes?
—Si fuera de ese modo, Vistaclara se habría quedado sin ovejas hace ya mucho tiempo.
Cristina lo miró atónita.
—No puedes estar hablando en serio.
Alexander rio a carcajadas. Parecía estar disfrutando a lo grande con la inocencia de la chica.
—Es broma, es broma. Además, ese chico ni siquiera es del pueblo, vive en Madrid y solo viene en vacaciones. ¡Y luego dicen que los de Vistaclara somos unos salvajes!
Ella lo miró con dulzura.
—Tú no eres un salvaje.
Alexander contuvo el aliento. De pronto ya no sonreía.
—No.
—Ni Saúl tampoco.
El chico recobró la sonrisa.
—Saúl lo es un poco, pero con otro estilo.
Cristina se volvió hacia Saúl y las chicas. Alexander la atrajo hacia sí.
—No hagas eso, Cris.
—¿Qué no haga el qué?
—Mirarlo.
—No te entiendo.
—Claro que me entiendes.
La chica sintió cómo le subía la sangre a las mejillas.
—No, no te entiendo…
—Ahora mismo nos está mirando. Lleva como una hora mirándonos. Seguramente se muere por saber de qué hablamos.
Cristina hizo otro amago de girarse hacia Saúl, pero Alexander lo evitó de nuevo.
—No lo mires. Haz como que te lo estás pasando genial conmigo. Así es como funciona.
—Me lo estoy pasando genial de verdad.
—Haz como que te estás enamorando de mí.
Cristina lo miró a los ojos.
—No sé cómo se hace eso.
—Claro que lo sabes, pero no te enamores realmente. No quiero esa culpa sobre mi conciencia.
—¡Qué engreído! —soltó una carcajada.
—Por cierto, eres terrible. ¿Cómo puedes cantar tan bien y bailar tan mal?
—Porque me hablas de cosas raras y me pones nerviosa.
—Así que la culpa es mía.
—Pues sí.
—Bueno, hablemos de cosas menos traumáticas. ¿Cuándo vas a prestarme el libro de Janis Joplin?
El rostro de Cristina se tensó durante un instante, pero luego recordó algo.
—¿Y tú cuándo vas a darme la traducción de «November rain»?
Alexander rio de nuevo.
—Te estás volviendo muy lista. Podemos hacer un trato: cuando tú me prestes tu libro, yo te doy la traducción de la canción.
—¡Pero Álex…!
—¿Cuál es el problema?
—Un libro se tarda mucho en leer.
—Claro —añadió, divertido—, sobre todo si es un libro de mil páginas, ¿verdad?
—Efectivamente. La verdad es que no sé de qué te ríes.
La sonrisa de Alexander se hizo más pícara. 
—De todo —dijo mirando a las espaldas de Cristina—. Ya me río de todo.
Cristina se giró y vio a Saúl avanzando por la pista de baile en dirección a ellos. Su corazón se descontroló inevitablemente.
—Te ha salido redondo, aquí viene tu príncipe."

 

A PROPÓSITO DE LEO:

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"Voy a llevarlos arriba para que me escuchen tocar el violín.

María afirmó con la cabeza.
—La cena estará en media hora.
De modo que los tres chicos subieron a la segunda planta, entraron en la habitación de Leo, y Cristina y Santiago se sentaron en la cama. La pelirroja tomó su violín de la estantería, lo sacó de la funda y se sentó en una silla frente a ellos.
—Tengo que afinarlo.
Cristina y Santiago afirmaron en silencio.
Tras varios minutos haciendo sonar las cuerdas y girando las clavijas, volvió a mirarlos de nuevo con expresión solemne.
—Ya estoy preparada.
—De acuerdo.
—Voy a tocar «Canon en Re Mayor», de Johann Pachelbel.
La pareja de oyentes afirmó con la cabeza, con la misma inexpresividad que si les hubiera hablado en un idioma desconocido. Aun así, la adolescente aguardó un instante para permitir que sus palabras provocaran el efecto deseado en los rostros de sus interlocutores, pero como esto no sucedía, decidió comenzar.
—Ahí voy.
Adoptó la posición, colocó el arco sobre las cuerdas y cerró los ojos.
La melodía se abrió paso lentamente, insegura y torpe como los primeros pasos de un niño que está aprendiendo a caminar. Pero aquella confusión no duró más de medio minuto. Para entonces, los dos jóvenes oyentes ya habían identificado la melodía y escuchaban cautivados. Y a partir de ese instante la música se desató. Fue como si Leo abriera las rejas de una prisión imaginaria y dejase escapar los acordes al viento de la tarde, vibrantes, ágiles y rebosantes de dinamismo y viveza.
No era, tal y como a los chicos les parecía en aquel momento, una demostración de maestría. Se trataba, más bien, de una promesa en potencia, un clamor sin control embargado de una pureza similar a la sonrisa de los bebés cuando observan el mundo por primera vez, parecida también a una carcajada espontánea o al gorjeo de un pájaro cantor al ver la luz del sol tras una noche de lluvia.
Cuando hubo finalizado, sus dos oyentes aplaudieron entusiasmados.
—Toca otra, Leo.
Y Leo sonrió divertida. Entonces comenzó a tocar «Oh, Susana», y Cristina y Santiago cantaron al ritmo de la canción."

 

A PROPÓSITO DE CLAUDIA:

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"Volvieron a reunirse en el garaje de Alexander. Allí leyeron la traducción de «Break on through» y la polémica no tardó en resurgir.
—¿Qué es eso del otro lado? ¿Es el cielo o el infierno?
Se quedaron pensativos.
—¿Pero de qué huye?
—¿Alguien le persigue?
—¿Por qué dice que representan la escena día tras día? ¿A qué escena se refiere? —Cristina movió la cabeza—. No entiendo nada.
—Busca en la canción tu propio sentido.
Cristina dirigió a Alexander una mirada de absoluta incomprensión.
—¿Cómo se hace eso?
El chico se encogió de hombros y se puso en pie.
—Volvamos al lío. Tenemos que evitar que el sonido se acople.
Les llevó lo que les pareció una eternidad conectar los instrumentos, afinar la guitarra y encontrar el volumen adecuado para el micrófono y el teclado. Cuando por fin pasaron al primer intento de ensayar la canción, ya eran casi las doce de la noche y estaban cansados y de mal humor.
—Saúl, ¿qué haces?
—Sigo mi instinto.
—Pues lo tienes muy atrofiado. Abre los oídos y escucha.
—Lo dices como si tú fueras un genio. Ven aquí y prueba si quieres.
Alexander apoyó la guitarra contra la pared y se sentó a la batería, pero enseguida se sintió confundido y frustrado.
—Claudia, pon la canción otra vez.
Pero Claudia seguía danzando alrededor de los instrumentos, absorta en su propia ensoñación de bailarina.
—Claudia, dale al play.
La chica se limitó a estirar una pierna como si de una gimnasta se tratase.
—¡Claudia, ¿qué cojones estás haciendo?! ¡Somos un grupo de rock! ¡Los grupos de rock tocan música, no hacen esas gilipolleces de anuncios de compresas!
La chica le devolvió una mirada furiosa.
—¡Por si no te has dado cuenta, no tengo ningún instrumento! ¡Deberías agradecerme que esté tratando de sacar una coreografía digna para semejante bodrio de canción!
—¿Bodrio de canción? —A Saúl se le desorbitaron los ojos.
—Creía que estábamos de acuerdo en la canción que hemos elegido.
—¡No, Alexander! —replicó Claudia cada vez más furiosa—. Tú estás de acuerdo contigo mismo y lo demás te da igual porque eres un egoísta.
—¿Un egoísta? ¿A santo de qué viene eso?
—Alguien tenía que decírtelo.
—¿Pero qué dices? —Se dirigió al resto del grupo—. ¿Soy un egoísta? —Sin esperar respuesta, volvió a dirigirse a Claudia—: ¿Cómo puedes decir eso? Yo pago las pizzas, os dejo mi casa, ¡incluso el equipo de música!
—¡No hablo de ese tipo de egoísmo!
—¡Y siempre me gorroneáis el tabaco y las cervezas!
—¡No hablo de ese tipo de egoísmo!
—¡Y nunca os lo echo en cara ni nada parecido!
—Me refiero a un egoísmo más abstracto, ¿vale? ¡Un egoísmo abstracto!
—¿Qué es eso? ¿Soy un… egoísta abstracto? —Soltó una carcajada furiosa—. Perdona mi ignorancia si no entiendo lo que significa eso… Pero yo que tú dejaría de estirar las piernas a lo Marilyn Monroe, porque parece que se te ha cortado el riego sanguíneo en el cerebro.
Claudia le dirigió una mirada llena de dolor.
—No te esfuerces, Alexander. Hace ya mucho que no puedes herirme. —Y a continuación se sentó en el suelo.
—Paso de esta mierda. —Saúl sacó su paquete de tabaco del bolsillo trasero de su pantalón y atravesó el garaje en dirección a las escaleras.
A continuación, Alexander fijó su atención en Leo, la cual se mantenía en silencio, tocando en el teclado algo que parecía remotamente similar a «Mangas Verdes».
Suspiró agotado.
—¿Qué haces, Leo?
La chica se encogió de hombros.
—Cuando era pequeña me regalaron un órgano, pero esto… esto es demasiado. Demasiadas notas, demasiado profesional. —Dirigió a Alexander una mirada patética—. Yo me rindo.
—No hay más notas, solo hay más escalas. Alguien que toca el violín desde hace seis años debería saber algo más de solfeo. Y no puedes rendirte antes de empezar, eso no tiene sentido.
—El violín es un instrumento muy difícil de aprender, no soy ninguna experta. Sé realista, no podemos hacer esto solos y no tenemos ayuda.
—Yo puedo ayudarte con los teclados.
—¿Y quién va a ayudar a Saúl con la batería?
—Es cuestión de practicar.
La pelirroja respondió con una silenciosa expresión de escepticismo.
De pronto Alexander se volvió hacia Claudia, con tal furia que pareciera que le hubiera mordido un perro rabioso.
—¿Sabes qué? ¡Una persona egoísta no sacrificaría su regalo de cumpleaños para que el premio de la gymkhana sean seis entradas para el concierto de U2! ¡Seis entradas para que sus amigos paupérrimos vean a U2 en directo!
Y se levantó dispuesto a seguir los pasos de Saúl. Pero al pie de las escaleras se detuvo de pronto, como atravesado por un rayo, porque allí, frente a él, como si de una aparición fantasmagórica se tratase, se hallaba su hermano mayor.
Era corpulento y más alto que Alexander. A pesar de que este último aparentase varios años por encima de su edad, resultaba extremadamente niño frente a su hermano. El joven llevaba el pelo corto y vestía bermudas y una camisa de cuadros. Su rostro reflejaba unas facciones similares a las del adolescente, pero había algo en sus ojos que le distanciaba de su hermano, una expresión fría y autoritaria que logró paralizar a todos los presentes.
Tras el estupor inicial, Claudia se levantó del suelo como si hubiera sido impulsada por un resorte, al tiempo que Leo se apartaba del teclado, olvidando por completo que pertenecía al propio Alexander. A continuación, el chico bajó el último peldaño de las escaleras y en un tono tan gélido como inexpresivo, murmuró:
—Fuera de aquí.
Claudia y Leo no quisieron perder tiempo en comprender qué diablos hacía el joven en el garaje cuando debería encontrarse en Estados Unidos. Simplemente atravesaron la sala en silencio y, pasando cuidadosamente junto al muchacho, subieron a toda prisa las escaleras hasta desaparecer de la vista del grupo.
Entre tanto, Cristina había permanecido paralizada con el micrófono en la mano. Una mirada fija del propietario le hizo reaccionar, y al momento trató de encajarlo en el soporte, pero se encontraba tan nerviosa que el micrófono se le cayó de las manos y se estrelló contra el suelo, provocando un estridente sonido en los altavoces. Vio a Alexander volverse hacia ella con expresión de absoluta gravedad y se agachó temerosa para recogerlo.
—¡Deja eso ahí!
La voz amenazadora del hermano mayor le obligó a incorporarse bruscamente. Luego atravesó el garaje y, dirigiendo a Alexander una compungida mirada de disculpa, subió las escaleras."

 

A PROPÓSITO DE SANTIAGO:

 

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"Animado ante la posibilidad de adueñarse de aquella casa en el árbol, salió a la terraza y se sentó en el borde de la misma, dejando sus delgadas piernas colgadas en el vacío. Pataleó ligeramente, presa de una creciente satisfacción. Su fantasía se desató rápidamente y se imaginó como dueño indiscutible de la casa.

Semejante regalo caído del cielo merecía un tributo honorífico, de modo que rebuscó un cigarrillo arrugado y un pequeño mechero en sus bolsillos. Había logrado birlar el cigarro a su hermano Saúl, cinco años mayor que él, cuando este había dejado su paquete de tabaco encima de la cama. Santiago fumaba desde los diez años y se había autoimpuesto desde entonces la estricta norma de no sobrepasar el consumo de tres cigarros a la semana, de tal manera que su hermano no pudiera apreciar ningún evidente descenso en el número de sus cigarrillos.
Encendió el cigarro y aspiró el humo en un estado de felicidad absoluta. No podía negarse a sí mismo lo afortunado que era. El descubrimiento de la cabaña le había cogido por sorpresa al regresar de la ferretería, en donde había encontrado que todo estaba en orden.
En efecto, tenía por costumbre ir todas las mañanas a contemplar su escaparate. Era algo de lo que nadie parecía haberse percatado todavía, para gran alivio suyo. Y es que Santiago estaba obsesionado con el escaparate de la ferretería por la sencilla razón de que, desde hacía dos meses, su dueño había decidido incluir en su repertorio de productos a la venta algunos instrumentos musicales de segunda mano. En el escaparate resaltaban dos guitarras españolas, una acústica y una eléctrica. Santiago sabía que el dueño guardaba algunas más en el interior, pero él se sentía fascinado por la guitarra eléctrica del escaparate. Una Fender Stratocaster japonesa modelo 71, con el cuerpo rojo y el golpeador blanco. También sabía que, de momento, aquel tesoro se encontraba muy lejos de sus posibilidades. Por eso acudía al escaparate religiosamente cada mañana, con un nudo en el estómago y el corazón en un puño. ¡Qué alegría sentía al descubrir que la guitarra todavía permanecía allí! Solía suspirar de puro alivio al verla, mientras el nudo de ansiedad se desvanecía de su estómago.
Entre tanto, mientras el destino parecía proteger cuidadosamente su futura adquisición, se conformaba con tocar la guitarra acústica de su padre. 
Y mientras pensaba en todo aquello, continuó fumando, inmensamente agradecido porque nadie hubiera comprado todavía la Stratocaster y el destino le hubiera llevado ante aquella cabaña. Si hubiera tenido la guitarra acústica a mano, no habría dudado en dejarse llevar por un arranque de inspiración, pero en aquel momento la guitarra descansaba en un rincón de su cuarto y nada se podía hacer al respecto, de modo que se dedicó a evocar el rostro de Cristina. Imaginó su expresión de sorpresa cuando descubriera la cabaña. Él la ayudaría a subir a la terraza, tomaría su mano y se regocijaría al comprobar su asombro.
Cristina le había robado el corazón desde el primer momento en que la vio, apenas unos días atrás. Aquella chica había surgido de la noche a la mañana, convirtiendo su existencia rutinaria en un constante estado de felicidad y angustia a partes iguales. Santiago sabía que Cristina solía ir a la piscina todas las tardes, y él se sentía volar por encima del mundo ordinario cuando la descubría nadando en el agua o tumbada en el césped. Pero sufría auténticos ataques de desesperación cada vez que llegaba a la piscina y comprendía, decepcionado, que ella no se encontraba por allí. Comenzaba entonces una involuntaria y mortificante obsesión por vigilar la puerta de entrada de manera constante. Le brincaba el corazón cada vez que alguna chica entraba en el recinto, para sentirse inmediatamente irritado y deprimido cuando no se trataba de ella. Esto podía suceder muchas veces a lo largo de la tarde, hasta que por fin su ángel aparecía por la puerta, con aquel sombrero de paja tan gracioso y luciendo vestiditos de tirantes. Entonces observaba maravillado cómo ella se sentaba en el césped, cómo dejaba sus grandes rizos cortos y oscuros al descubierto y una sonrisa iluminaba su rostro. Conocía aquel lunar redondo en su mejilla izquierda, el colmillo montado que resultaba tan adorable cuando lo mostraba en sus carcajadas, sus ojos marrones y almendrados, su piel blanca y los labios carnosos y abrasados por el sol.
Santiago sabía que estaba completamente enamorado de ella. Jamás se había sentido de aquella forma y no dejaba de sorprenderse ante la novedad de semejante experiencia.
Solo existía un pequeño problema que le traía por el camino de la amargura. Cristina tenía tres años más que él, le sacaba más de una cabeza en altura y desde hacía un par de días formaba parte de la pandilla de su hermano Saúl. Estos tres factores reducían sus posibilidades de un noviazgo inminente a una estadística lamentable. Le resultaba terriblemente doloroso ver cómo su hermano bromeaba y compartía con ella sus golosinas y helados.
Por otro lado, Santiago tenía constancia de que Saúl era un alma libre, alejado por completo de cualquier tipo de sensibilidad romántica. Le gustaba flirtear con todas las chicas por igual, sin tomar a ninguna en consideración. Aquello le producía tanto alivio como irritación. Saúl no se merecía a Cristina pero, gracias a Dios, tampoco se mostraba especialmente atareado en demostrar lo contrario.
Santiago había intentado un par de veces acercarse a la chica con el fingido pretexto de tener algo que decir a su hermano. La primera vez le pidió algo de dinero para comprar un regaliz de picapica, pero el muy tacaño le despachó a gritos ante el asombro de docenas de testigos. La humillación fue tan eficaz y fulminante que tardó un día entero en reponer su dañada autoestima de semejante bochorno. Luego ideó un plan más elaborado, se devanó los sesos durante un día y medio hasta dar con una excusa que le colocara en un estatus heroico, inteligente y maduro. No encontró nada similar. Pero, por el contrario, una divertida idea cobró forma en su imaginación. Dos días después del incidente del regaliz, regresó a la piscina y se dejó caer de forma casual alrededor del grupo de su hermano. Llevaba en sus manos un bocadillo de media barra de pan, untada a doble cara con Nocilla. El efecto fue inmediato.
—¡Eh, tú! ¿Y ese bocata? ¡Dame un poco!
Santiago contempló a su hermano como si acabara de descubrirlo en ese momento.
—¿Me dices a mí?
—¿Tú qué crees? ¿Eres tonto o qué te pasa? Dame un poco, te he dicho.
El niño se encogió de hombros y se acercó de forma distraída. Observó a Cristina, la cual le miraba con una amplia sonrisa, sentada en el césped junto al resto del grupo. Su pobre corazón se desbocó en el acto, pero trató de aparentar normalidad. Había llegado la hora de recobrar su honor.
—Venga, dame la mitad. Es de buenos cristianos repartir el pan, ¿no lo sabías? —Saúl extendió el brazo para arrebatarle el bocadillo, pero Santiago fue más rápido y evitó el robo.
—Claro que lo sé. Por eso voy a ofrecer primero a tus amigas.
Se hizo un eco de asombro entre las chicas, y Santiago comprobó con regocijo cómo la sonrisa de Cristina se hacía más grande.
—¡Qué adorable! —Claudia, la chica rubia de uñas pintadas, fue la primera en dar un bocado.
Saúl observaba confuso.
Alexander, el mejor amigo de Saúl, contempló divertido la situación y soltó una carcajada.
—¡Este chaval sabe lo que hace!
Luego le llegó el turno a la pelirroja, de la cual ni siquiera recordaba su nombre. Le metió un mordisco tan grande que Santiago llegó a sentir auténtica molestia. «¡Qué morro! ¡Con lo fea que es, encima!», se dijo, pero su rostro no movió ni un músculo.
Por fin llegó el turno de Cristina. Tomó el bocadillo con las dos manos y dio un bocado enorme. Lo masticó con placer y le hizo un gesto de aprobación con la mano.
Santiago sonrió embelesado. Hubiera podido morir allí mismo si no fuera porque otra vez percibió a Saúl tratando de arrebatarle el bocadillo. Sin embargo, él fue más rápido de nuevo y salió huyendo a toda velocidad. Oyó los gritos amenazadores de su hermano y se volvió para mirarle desde una distancia prudencial. 
—¿Quieres un bocata, Saúl? ¡Bésame el culo, primero!
Le vio entonces echar a correr hacia él, con el semblante rojo y descompuesto por la ira, y de nuevo salió a la carrera, en dirección a la salida del recinto y sin ánimo de mirar atrás. No obstante, todavía pudo oír las carcajadas de las chicas, lo cual supuso la cúspide de la gloria para su espíritu.

De esto hacía ya tres días y, desde entonces, el grupo entero le tenía en la suficiente consideración como para saludarle cuando le veían. Solo su hermano se mostraba terriblemente irritado con él. Por desgracia, para poder progresar en su conquista, necesitaba un acuerdo de paz con Saúl. Había dedicado dos días con sus dos noches a encontrar una forma de apaciguar la situación y hasta ese momento no había tenido éxito, pero el destino acababa de proporcionar un giro celestial a los acontecimientos. Conocía las necesidades del grupo y tenía algo que ofrecerle. Pero, por supuesto, habría condiciones.
Sopesó con cuidado la forma en que debía exponer todo aquello ante su hermano. Dio una última calada al cigarro y lo aplastó con fuerza contra la madera. Luego, para evitar riesgos, escupió una baba gigante sobre la maltrecha colilla y después se la escondió en el interior de sus botas de lona, bajo la planta del pie.
A continuación descendió las escaleras. Se agachó para sobrepasar las ramas de la encina y salió a campo abierto. Miró con cuidado a su alrededor. No vio a nadie. Sin embargo, se sintió invadido por una incómoda sensación, como si alguien le estuviera observando. Se sacudió aquel extraño malestar de su espíritu y aligeró el paso hacia la puerta de la cerca. De pronto se detuvo. Recordó cómo había descubierto la cabaña. El espejo seguía en la misma posición y, sin duda, podría llamar la atención de personas no deseadas. Retrocedió velozmente sobre sus pasos, subió a la cabaña de nuevo y, con cuidado, colocó el cristal bocabajo sobre el suelo de madera. Luego se apresuró otra vez hacia el camino y, esta vez sí, con una sonrisa dibujada en el rostro y el corazón rebosante de expectativas."

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

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